jueves, 14 de mayo de 2015

James Joyce

De "A Little Cloud" (1914)


Sentado a su buró en King's Inns pensaba en los cambios que le habían traído esos ocho años. El amigo que había conocido con un chambón aspecto de necesitado se había convertido en una rutilante figura de la prensa británica. Levantaba frecuentemente la vista de su escrito fatigoso para mirar a la calle por la ventana de la oficina. El resplandor del atardecer de otoño cubría céspedes y aceras; bañaba con un generoso polvo dorado a las niñeras y a los viejos decrépitos que dormitaban en los bancos; irisaba cada figura móvil: los niños que corrían gritando por los senderos de grava y todo aquel que atravesaba los jardines. Contemplaba aquella escena y pensaba en la vida; y (como ocurría siempre que pensaba en la vida) se entristeció. Una suave melancolía se posesionó de su alma. Sintió cuán inútil era luchar contra la suerte: era ése el peso muerto de sabiduría que le legó la época.
Recordó los libros de poesía en los anaqueles de su casa. Los había comprado en sus días de soltero y más de una noche, sentado en el cuarto al fondo del pasillo, se había sentido tentado de tomar uno en sus manos para leerle algo a su esposa. Pero su timidez lo cohibió siempre: y los libros permanecían en los anaqueles. A veces se repetía a sí mismo unos cuantos versos, lo que lo consolaba.

Cuando le llegó la hora, se levantó y se despidió cumplidamente de su buró y de sus colegas. Con su figura
pulcra y modesta salió de entre los arcos de King's Inns y caminó rápido calle Henrietta abajo. El dorado
crepúsculo menguaba ya y el aire se hacía cortante. Una horda de chiquillos mugrientos pululaba por las calles. Corrían o se paraban en medio de la calzada o se encaramaban anhelantes a los quicios de las puertas o bien se acuclillaban como ratones en cada umbral. Chico Chandler no les dio importancia. Se abrió paso, diestro, por entre aquellas sabandijas y pasó bajo la sombra de las estiradas mansiones espectrales donde había baladronado la antigua nobleza de Dublín. No le llegaba ninguna memoria del pasado porque su mente rebosaba con la alegría del momento.

(...) Chico Chandler apresuró el paso. Por primera vez en su vida se sintió superior a la gente que pasaba. Por primera vez su alma se rebelaba contra la insulsa falta de elegancia de la calle Capel. No había duda de ello: si uno quería tener éxito tenía que largarse. No había nada que hacer en Dublín. Al cruzar el puente de Grattan miró río abajo, a la parte mala del malecón, y se compadeció de las chozas, tan chatas. Le parecieron una banda de mendigos acurrucados a orillas del río, sus viejos gabanes cubiertos por el polvo y el hollín, estupefactos a la vista del crepúsculo y esperando por el primer sereno helado que los obligara a levantarse, sacudirse y echar a andar. Se preguntó si podría escribir un poema para expresar esta idea. Quizá Gallaher pudiera colocarlo en un periódico de Londres. ¿Sería capaz de escribir algo original? No sabía qué quería expresar, pero la idea de haber sido tocado por la gracia de un momento poético le creció dentro como una esperanza en embrión. Apretó el paso, decidido.

Virginia Woolf

De "Mrs. Dalloway" (1925)


Había desaparecido; estaba detrás de las nubes. No había sonido. Las nubes a las que las letras E, G o L se habían unido se movían libremente, como si estuvieran destinadas a ir de oeste a este, en cumplimiento de una misión de la mayor importancia que jamás podría ser revelada, aun cuando, ciertamente, era esto: una misión de la mayor importancia. De repente, tal como un tren sale del túnel, de las nubes salió otra vez el aeroplano. El sonido penetró en los oídos de toda la gente del Mall, de Green Park, de Piccadilly, de Regent Street, de Regents Park, y la barra de humo se curvó tras él y el aeroplano descendió, y se elevó y escribió letra tras letra, pero ¿qué palabra escribía?

Lucrezia Warren Smith, sentada junto a su marido en un asiento del Sendero Ancho de Regents Park, alzó la vista y gritó:
¡Mira, mira, Septimus!
Sí, porque el doctor Holmes le había dicho que debía procurar que su marido (que no padecía nada serio, aunque estaba algo delicado) se tomara interés en cosas ajenas a su persona.
Septimus levantó la vista y pensó: parece que me dirigen un mensaje. Aunque no en palabras propiamente dichas; es decir, todavía no podía leer aquel mensaje; sin embargo aquella belleza, aquella exquisita belleza era evidente, y las lágrimas llenaron los ojos de Septimus mientras contemplaba cómo las palabras de humo se debilitaban y se mezclaban con el cielo y le otorgaban su inagotable caridad, su riente bondad, forma tras forma de inimaginable belleza, dándole a entender su propósito de darle, a cambio de nada, para siempre, sólo con mirar, belleza, ¡más belleza! Las lágrimas se deslizaban por las mejillas de Septimus.

Era caramelo; anunciaban caramelos, dijo una niñera a Rezia. Las dos juntas comenzaron a deletrear C. . .a. . .r. . .K...R... , dijo la niñera, y Septimus la oyó pronunciar junto a su oído: Cay. . . Arr... con voz profunda, suave, como un dulce órgano, pero con una cierta brusquedad de saltamontes, que rascó deliciosamente la espina dorsal de Septimus, y mandó a su cerebro oleadas de sonido que, al chocar, se rompieron. Fue un maravilloso descubrimiento: la voz humana, dadas ciertas condiciones atmosféricas (ante todo hay que ser científico, muy científico), ¡puede dar vida a los árboles! Afortunadamente Rezia puso su mano, con tremendo peso, sobre la rodilla de Septimus, con lo que éste quedó aplomado, ya que de lo contrario la excitación de ver a los olmos levantándose y cayendo, levantándose y cayendo, con todas sus hojas encendidas y el color debilitándose y fortificándose del azul al verde de una ola traslúcida, como plumeros de caballos, como plumas en la cabeza de una señora, tan altiva era la manera en que se alzaban y descendían tan soberbia, le hubiera hecho perder la razón. Pero Septimus no estaba dispuesto a enloquecer. Cerraría los ojos; no vería nada más.

Pero por señas le llamaban; las hojas estaban vivas; los árboles estaban vivos. Y las hojas, por estar conectadas mediante millones de fibras con el cuerpo de Septimus, allí sentado, lo abanicaban de arriba abajo; cuando la rama se alargaba, también Septimus se expresaba así. Los gorriones revoloteando, alzándose y descendiendo sobre melladas fuentes formaban parte de aquel dibujo; del blanco y el azul rayado por las negras ramas. Con premeditación los sonidos componían armonías, y los espacios entre ellas eran tan expresivos como los sonidos. Un niño lloraba. A la derecha y a lo lejos sonó un cuerno.
Todo ello, juntamente considerado, significaba el nacimiento de una nueva religión.
¡Septimus!, dijo Rezia.
Septimus sufrió un violento sobresalto. La gente forzosamente tuvo que darse cuenta.
Voy a la fuente y vuelvo, dijo Rezia.

Raymond Carver

De "La Casa de Chef" (1983)

Una tarde estaba Wes en el jardín arrancando hierbas cuando Chef paró el coche delante de la casa. Yo estaba fregando en la pila. Miré y vi cómo se detenía el enorme coche de Chef. Yo veía el coche, la carretera de acceso y la autopista, y más allá, las dunas y el mar. Había nubes sobre el agua. Chef bajó del coche y se alzó los pantalones de un tirón. Comprendí que pasaba algo. Wes dejó lo que estaba haciendo y se incorporó. Llevaba guantes y un sombrero de lona. Se quitó el sombrero y se secó el sudor con el dorso de la mano. Chef se acercó a Wes y le puso un brazo en los hombros. Wes se quitó un guante. Salí a la puerta. Oí a Chef decir a Wes que sólo Dios sabía cómo lo sentía, pero que tenía que pedirnos que nos marcháramos a fin de mes. Wes se quitó el otro guante. ¿Y por qué, Chef? Chef dijo que su hija, Linda, la mujer que Wes solía llamar Linda la Gorda desde la época en que bebía, necesitaba un sitio para vivir, y el sitio era aquella casa. Chef le contó a Wes que el marido de Linda había salido a pescar con la barca hacía unas semanas y nadie había vuelto a saber de él desde entonces. Había perdido a su marido. Había perdido al padre de su hijo. Yo la puedo ayudar, me alegro de estar en disposición de hacerlo, dijo Chef. Lo siento, Wes, pero tendrás que buscar otra casa. Luego Chef volvió a abrazar a Wes, se tiró de los
pantalones, subió a su enorme coche y se marchó.


De "El Tren" (1983)

La mujer se llamaba Miss Dent, y aquella tarde había encañonado a un hombre con una pistola. Le había obligado a arrodillarse en el polvo suplicando que le perdonara la vida. Mientras los ojos del hombre se llenaban de lágrimas y sus dedos estrujaban hojas caídas, ella le apuntaba con el revólver y le cantaba cuatro verdades. Trataba de hacerle comprender que no podía seguir pisoteando los sentimientos de la gente.
—¡Ni un movimiento! —dijo.
Pero el hombre simplemente escarbaba el polvo con los dedos y movía un poco las piernas, muerto de miedo. Cuando ella terminó de hablar, cuando dijo todo lo que pensaba de él, le puso el pie en la nuca y le aplastó la cara contra el polvo. Luego guardó el revólver en el bolso y volvió a pie a la estación.

Se sentó en un banco en la desierta sala de espera con el bolso en el regazo. La taquilla estaba cerrada; no había nadie. Incluso el aparcamiento estaba vacío, delante de la estación. Fijó la vista en el enorme reloj de la pared. Quería dejar de pensar en el hombre y en su comportamiento con ella después de conseguir lo que quería. Pero estaba segura de que durante mucho tiempo recordaría el sonido que el hombre emitió por la nariz al arrodillarse. Inspiró profundamente, cerró los ojos y esperó oír el ruido del tren.
La puerta de la sala de espera se abrió. Miss Dent miró en aquella dirección y vio entrar a dos personas. Una de ellas era un anciano de pelo blanco y corbata blanca de seda; la otra era una mujer de mediana edad que llevaba los ojos sombreados, los labios pintados, y un vestido de punto de color rosa. La tarde había refrescado, pero ninguno de los dos llevaba abrigo y el anciano iba sin zapatos. Se detuvieron en el umbral, aparentemente sorprendidos de encontrar a alguien en la sala de espera. Trataron de comportarse como si su presencia no les molestase. La mujer le dijo algo al anciano, pero miss Dent no percibió sus palabras. La pareja entró en la sala. A miss Dent le pareció que tenían cierto aire de inquietud, de haber salido de algún sitio a toda prisa y de ser incapaces todavía de hablar de ello. También podría ser, pensó miss Dent, que hubiesen bebido demasiado. La mujer y el anciano de pelo blanco miraron al reloj, como si pudiera decirles algo sobre su situación y lo que debían hacer a continuación.
Miss Dent también miró al reloj. Nada había en la sala de espera que anunciase el horario de llegada y salida de los trenes. Pero estaba dispuesta a esperar el tiempo que fuese necesario. Sabía que si aguardaba lo suficiente, llegaría un tren, lo abordaría y la llevaría lejos de aquel sitio.


De "Incendios" (1983)


POR LA MAÑANA, PENSANDO EN EL IMPERIO

Apretamos los labios contra el borde esmaltado de las tazas
sabiendo que esa grasa que está flotando
sobre el café algún día nos va a parar el corazón.
Ojos y dedos posándose sobre la platería
que no es de plata. Fuera en la ventana, olas
golpean los muros destartalados de la vieja ciudad.
Tus manos se alzan del áspero mantel
como si fueras a profesar. Tus labios tiemblan…
Quiero decir a la mierda con el futuro.
Nuestro futuro yace en la hondura de la tarde.
Es una calle angosta con una carreta y conductor,
un conductor que nos mira y titubea,
y luego sacude la cabeza. Mientras tanto,
parto tranquilo mi huevo de un espléndido pollo Leghorn
Tus ojos se nublan. Te vas de mí y ves más allá
de los tejados en el mar. Hasta las moscas están quietas.
Parto el otro huevo.
Seguramente nos hemos empequeñecido mutuamente


MATRIMONIO

Estamos en nuestra cabaña comiendo ostras rebozadas
Y fritas
Con galletitas de limón de postre, mientras vemos
El matrimonio de Kitty y Levin en la televisión pública.
El hombre del trailer de arriba de la colina, nuestro vecino,
Acaba de salir de la cárcel de nuevo.
Esta mañana entró manejando al predio con su mujer
En un gran auto amarillo, con la radio sonando estridente.
Su esposa apagó la radio mientras él estacionaba,
Y juntos caminaron lentamente
Hasta su trailer sin decir nada.
Era temprano en la mañana, los pájaros habían salido.
Luego, él mantuvo la puerta abierta
Con una silla para dejar entrar el aire y la luz de la primavera.

Es la noche del domingo de Pascua,
Y Kitty y Levin están casados al fin.
Es suficiente para llenar los ojos de lágrimas, ese matrimonio
Y todas las vidas que tocó. Nosotros seguimos
Comiendo ostras, mirando televisión,
Comentando sobre la ropa fina y la asombrosa elegancia
De la gente envuelta en esa historia, algunos de ellos
Tensos por la presión del adulterio,
La separación de los amantes, y la destrucción
Ellos deben saber mentiras de a montones hasta que se dé
El próximo estúpido cambio de circunstancias, y luego el
siguiente.

Un perro ladra.
Me levanto para ver.
Detrás de las cortinas hay trailers y un estacionamiento
Embarrado, con autos. La luna se mueve hacia el oeste
Mientras miro, armado hasta los vientres, cazando
Para mis hijos. Mi vecino,
Borracho, enciende su enorme auto, acelera
El motor, y lo lleva fuera de nuevo, cargado
De confianza. Los lamentos de la radio
Pulsan algo hacia fuera. Cuando él se ha ido
Quedan sólo los pequeños charcos de agua plateada
Que tiritan sin poder entender que siguen aquí.